Mara

juarez_crucesrosas (1)
Amigos, hoy mientras desayunaba leí la noticia sobre el asesinato de Mara a manos del chofer del taxi (Cabify) que se suponía debería llevarla a casa, según reveló la Fiscalía de Puebla. La noticia me impactó, pero lamentablemente no me sorprendió. Este tipo de noticias ya son parte de nuestro día a día, de la cotidianidad que impera en nuestro país. De inmediato pensé en mi madre, en mis sobrinas, en la hija que no es mi hija y en mi pareja. Y pensé decirles que no salgan más. Cuando terminé de desayunar traté de continuar con mi rutina diaria. Saqué a pasear a Kona, hice mis deberes en el hogar, adelante mis tareas escolares y pasado el medio día me senté delante del Xbox. Pero debo confesar que todo lo hice a medias pues durante muchos momentos del día la imagen de su cuerpo tirado en un lote baldío (no vi la imagen, pero no podía dejar de imaginarla) reverberaba en mi cabeza acompañada de un escalofrío. Y entonces comencé a divagar y buscar las sinrazones (pues no hay una razón valida para asesinar a una mujer) de lo que lleva a un hombre a ejercer tal grado inhumanidad.
Maldije a Peña, a Mancera, al Papa y a Dios y a aquel accidente geográfico llamado México, y en algún momento de frustración (bastante idiota) culpé a Mara: “Eso no habría pasado si estuvieras en casa con tu familia”, me dije, “Tu madre te habría arropado y te habría dado un beso de buenas noches, Mara”. Pero más tarde me di cuenta que yo soy culpable y todos nosotros, amigos (y algunas amigas). Porque admitámoslo; cuando estamos entre nosotros somos bastante idiotas, nos convertimos en algo menos que simios y damos rienda suelta a todo tipo de comentarios e insinuaciones y los justificamos diciendo que es natura humana, que es parte de nuestros instintos, como si no pudiéramos dejar de pensar en coger. Sí, amigos, ya sé que ustedes no son el chofer, que ustedes no la golpearon, amordazaron o le dispararon, pero cuántas veces entre nosotros no nos decimos: “Mira, Andrea está bien buena”, en el mejor de los casos o “Ximena se bien sabrosa hoy” dentro de los peores. Y neta, perdón si los ofendo, pero debemos admitirlo. Somos parte de ese problema al normalizarlo con nuestro silencio y aprobarlo como parte la interacción entre nosotros.
Hace muchos años, en una de las dos preparatorias a las que asistí, tenía un compañero que se cebaba en comentarios misóginos y machistas. Solía hacer todo tipo de comentarios vulgares y referencias obscenas sobre algunas compañeras o cualquier mujer que pasara frente a nosotros. Al principio nos limitábamos a sonreír y algunos desaprobábamos con la cabeza, pero no decíamos nada. Y aquellas actitudes iban en aumento al grado de mencionar empedar a una amiga en común. Hasta que un día, mi mejor amigo, un tipo que casi siempre estaba en silencio lo confrontó, primero con el conciliador “No mames” y más tarde fue directo y le preguntó por qué era así, le preguntó por su madre y por su novia, a lo que este respondió con tono burlón que “así éramos los hombres” y buscó apoyo entre nosotros y al no encontrarlo se vio acorralado, sin palabras para justificar sus acciones. Nadie más dijo nada y nos fuimos a casa. Debo decir que él no cambió de inmediato, pero lo hizo. Cada vez que hacía uno de esos comentarios le mostrábamos que no estábamos de acuerdo, que así no eran las cosas hasta el punto que dejo de hacerlo, al menos delante de nosotros.
Con esto quiero decir que hay una solución más eficaz a esperar que se aprueben mejores leyes o que nuestro sistema de justicia deje de ser incompetente y corrupto. La solución es dejar de empatizar con quien ejerza ese tipo de violencia. Hacerles ver que no es “cool”, que no te da status ni eres más hombre. No es gracioso, ni divertido ni nos hace más hombres estar diciendo a quién te cogiste, cogerías o quién está bien sabrosa.
Amigos, los invitó a buscar dentro de nuestra vida diaria ese tipo de actitudes en nuestros circulos sociales y en nosotros mismos.
Anuncios

Puntos titilantes.

Llegué a este mundo una noche de hace cinco años y me maravilló de inmediato. Los cielos eran amplios y oscuros, salpicados por titilantes puntos azules, amarillos y rojos. Más tarde sabría que los rojos no eran estrellas agonizantes sino los vestigios de una civilización más antigua que el sistema del que partí.

Siesta

metafora-habitacion-oscura
Una pesadilla acabo con mi atípica siesta vespertina. Bañado en sudor, con la respiración entrecortada, con un ligero dolor en la quijada y, aunque me de un poco de vergüenza admitirlo,  con lagrimas en los ojos, desperté.
No suele pasarme esto. Casi nunca tengo malos sueños. La mayoría de ellos son una mezcla de deseos y anhelos con algunas memorias y recuerdos del pasado. Muchos tienen que ver con la escuela, con salones de clases, con juegos de futbol y con mis viejos compañeros. Una vez, en la banca del Punto G, estaban reunidos todos los amigos que han pasado por mi vida, desde los que hice en el preescolar hasta aquellos que conocí en esos dos semestres de periodismo. Lo mismo estaba Cornejo, mi mano derecha en un sinfín de cruzadas en el preescolar contra David el de tercero que solía molestar a Laura -mi vecina-, como Enrique, mi último compañero de juergas. Ni hablar de las mujeres. Qué si no he soñado con ellas, con las mujeres que han pasado por mi vida.
 Pero volviendo a la pesadilla debo decir que fue bastante simple: no podía despertar; o sí. Estaba en un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño. En todos y cada uno de ellos sabía que dormía. Me desperté en todos. Bajé las escaleras en todos. Saludé a mi madre en todos. Y la vi alejarse en todos ellos. Siempre consciente de que mi cuerpo aún se encontraba sobre la cama y que todas aquellas imágenes y conversaciones estaban en mi cabeza. En algún momento comencé a cuestionarme sobre la imposibilidad de despertarme y si en verdad quería hacerlo.
 Poco a poco la angustia comenzó a apoderarse del sueño. Quería despertar, me ordené despertar y lo hice, muchas veces, pero la historia se repetía. La misma habitación, la misma cama, la misma luz blanca a través de la ventana y la misma mujer desvaneciéndose en la puerta. Y en un punto de todos los sueños ya no podía hablar, mi quijada se encontraba paralizada y con desesperación metía mi lengua dentro de mi boca por el temor a morderla. Mi padre me miraba desde el sillón, mi madre iba y venía en la cocina, mis sobrinos ya no estaban y yo me convencía de que era un sueño y que tenía que despertar. Y me obligué a ello. No puedo describir la intensidad con la que me forcé a abrir los ojos, a conectarme nuevamente con la realidad.
De a poco los sonidos comenzaron a regresar. La voz del narrador de ESPN informando del gol anulado de último minuto al Leipzig contra el Dortmund fue como un coro de ángeles para mí. Su voz aumentando de volumen me decía que cada vez estaba más cerca. Mis ojos dolieron al percibir la luz y entonces la rabia, la furia y las lagrimas que tenía contenidas y que llevaba meses reprimiendo se desataron. Me incorporé y una vez más bajé las escaleras. No había nadie en casa.

Te enamorarás de mí

screenshot_2016-11-20-12-15-58-1-1.png
 Fotografía: Gabriela Espinosa

Otra vez ha venido Mara y ha dejado uno de sus mensajes, con este ya son 11 los que encuentro. “Te he dicho alguna vez que me gustas…”, se leía en el pequeño papel amarillo suspendido como un suicida sobre la lampara al lado de mi cama. Lo vi apenas abrí los ojos.

El primero lo encontré hace poco más de medio año. La noche anterior me había ido de juerga con Andrea para celebrar el premio a la obra de teatro que ella había escrito. Una comedia en la que un hombre de treinta años pasa por un breve periodo de asexualidad y se ve obligado a inventar rebuscadas excusas para evitar cualquier contacto con su pareja. Una de las escenas retrata la primera vez que Andrea y yo pasamos la noche juntos y en la que, después de haber estado bebiendo toda la tarde, me quedé dormido justo cuando ella me besaba. O al menos eso dice ella, yo no lo recuerdo muy bien. En fin. Esa noche, después de dejar a Andrea en su casa, me detuve en un bar que está en el centro de Texcoco, al que suelo ir todas las tardes a escribir, por un último trago. Me senté a la barra y pedí un whisky a la cantinera, una mujer atractiva, pero cuyo gesto adusto hace las veces de muralla a la cual infinidad de hombres se estrellan en cuanto intentan coquetear con ella. La miraba cuando el sonido de una notificación me distrajo. Era Andrea y quería saber si ya había llegado. Apuré mi trago y justo cuando me levantaba la mujer rellenó mi vaso. “Hoy son dobles”, dijo antes de marcharse. A la mañana siguiente desperté pasado el mediodía, en mi cama, con un fuerte dolor de cabeza y sin poder acordarme de cómo regresé a casa. Todavía adormilado me levanté y fui a lavarme la cara. Abrí la llave y cuando levanté la vista vi sobre el espejo empañado el primero: “Te agradezco la fantástica noche. Disculpa pero no pude quedarme a desayunar contigo. Espero que no extrañes tu televisor. Besos”. Salí corriendo del baño y fui a la sala a mirar si el televisor estaba. Respiré aliviado al ver que seguía en su lugar. El dolor de cabeza desapareció de inmediato. Lejos de las preguntas obvias: ¿Cómo regresé? ¿Con quién regresé? Me invadió un fuerte sentimiento de culpa. Andrea y yo habíamos pasado el último par de años juntos y justo en esas fechas le había pedido mudarse conmigo. Estaba decidido a llamarla y contárselo cuando sonó el timbre. Era Juli, mi mejor amigo.

— Vaya cara que traes, ¿estás bien? — preguntó.

— Sí, sólo es resaca — respondí mientras tallaba mis ojos.

— Tómate un tehuacan con un sal de uvas. Se te pasa de volada.

— No creo que pueda tomar nada más. No fuiste a trabajar. — dije tratando de cambiar de tema.

— ¿Estás bromeando? Dijiste que pasara por ti para ir a la premiación, pero veo que aún no estás listo.

— ¡Cierto! Se me estaba olvidando. Dame diez minutos — dije y corrí a cambiarme.

Fui a mi habitación y me puse lo más decente que encontré. Cuando regresé Julí me lanzó una mirada puntillosa. Había entrado al baño y leído el mensaje. De inmediato le conté lo que había pasado, o al menos hasta dónde podía recordarlo, y le dije que confesaría mi falta. A pesar de que estaba hecho una furia conmigo me convenció de no hablar. Me dijo que un desliz lo comete cualquiera y que el daño que le causaría a Andrea sería mucho mayor que mi culpa. Fuimos a la premiación y todo transcurrió tranquilo.

La mayoría de los mensajes eran parcos y pequeñas variaciones del primero. Me decía que le había parecido un hombre interesante y con un alma buena; que había disfrutado la noche y que esperaba que se repitiera más a menudo. Todas las mañanas en que aparecían los mensajes yo despertaba con dolor de cabeza y perdida de memoria. Al quinto mensaje acudí al ministerio en compañía de Juli a levantar una denuncia. Lo único que conseguí fue la risa de todos. Al otro día supe el nombre de la mujer: “Me llamo Mara. No tengas miedo, no te haré daño”. Lo cierto es que estaba preocupado. La mayoría de las noches no podía dormir y la culpa me mataba. Juli se fue a quedar algunas noches conmigo para que estuviera más tranquilo. Mientras él estuvo los mensajes dejaron de aparecer. Pero justo al otro día que él se fue apareció el sexto. Estaba oculto entre las paginas de un viejo libro de Hunter S. Thomson que me había regalado mi padre cuando entré a la universidad y que suelo llevar a todas partes. Mi padre no estaba convencido respecto a la decisión que había tomado, pero me apoyaba, y me lo hizo saber con una pequeña inscripción en la tercera pagina. “Eres joven y tienes tiempo de regarla”. Ese día supe que no sólo entraba a mi casa, dormía en mi cama y me drogaba, sino que también estaba dentro de mis pensamientos y recuerdos. Me conocía mejor que nadie. Ni siquiera a Andrea le había contado sobre el libro.

La noche de hace un mes apareció Andrea a la puerta de mi casa con una caja. Sin mirarme siquiera comenzó a meter las cosas que tenía en mi departamento y me dijo que se iba. Que necesitaba tiempo para pensar. Que yo no era el mismo de siempre. Que algo tenía y que se había cansado de esperar una explicación. Lo cierto es que nunca preguntó. No traté de detenerla. La entendía. Me había vuelto paranoico y receloso. Supe que se había acabado. Esto no era una pausa en la que cada uno se retira para encontrar nuevos motivos sobres los cuales cimentar la relación. Ella metía su perfume, su cepillo de dientes, ropa de dormir, cosas sin importancia que podían ser reemplazadas en cualquier momento, en la caja de cartón. Se llevaba su vida, su cotidianidad. Se llevaba la idea de un nosotros. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. La mañana siguiente apareció otro mensaje de Mara en el que me juraba que ahora ella se ocuparía de mí y de hacerme feliz. Ese día tomé la determinación de acabar con todo y por eso compré este revolver.

Mientras Ernesto ponía el revolver dentro de su gabardina, una ligera descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la mujer. Volteó a ver la salida que ha cada segundo se miraba más lejana. El sonido seco del martillo golpeando la carga la hizo caer al suelo. Un hilo rojo descendió suave sobre sus zapatos. Cuando la mujer se levantó, sobre la barra, y manchada de sangre estaba la onceava nota. “¿Te había dicho alguna vez que me gustas? ¿Qué tal si te sirvo un trago y nos conocemos un poco?”.

Historia surgida después de leer la historia con post-its  de mi amiga Henar. La pueden encontrar en su fantástico blog Pensando en la oscuridad. Le he robado un par frases. Espero no le moleste.

https://pensandoenlaoscuridad.wordpress.com/2016/10/25/como-te-lo-escribo/

DSC_0476

 

Las imágenes se suceden una a una por la ventanilla: un par de montañas, algunos arboles, un pueblo en el que una vez besé a una mujer de la que no recuerdo el nombre. La vida pasa afuera mientras ella y yo compartimos el pequeño cubículo del tren en el que viajamos. No la conozco ni ella a mí. Lo único que sé de ella es que tiene el cabello largo y rubio como espigas de trigo, los ojos azules y los labios aduraznados. ¿Tendrán la misma textura?, me pregunto y muero por preguntárselo, pero no quiero interrumpirla, está absorta en su libro. Pasa las paginas con premura, como si buscara algo, como si oculto entre las lineas se escondiera un secreto, una frase que cimbraría los pilares sobre los cuales descansa el mundo. Ella ha cimbrado la mía, pero no lo sabe. De vez en vez sonríe, se ruboriza. Mírala, se carcajea. Está chica es fantástica. El tren disminuye la velocidad acompañado de un chirrido apenas perceptible. Tomo mis cosas y salgo de la cabina. “Hasta luego”, murmuro…

Soren

Caminante
  El hombre se me quedó mirando por unos segundos, bajó la vista nuevamente y siguió su camino. Nada extraño, podría haber sido un hombre más, uno cuyo rostro hubiese olvidado nomas llegar a casa, pero por alguna extraña razón, una que me costó trabajo comprender, quedó fijado en mi memoria. Lo había visto un par de veces caminando por las calles del pequeño pueblo en el que vivo.  En ese entonces no sabía por qué me resultaba tan atrayente su figura. Era como si entre sus formas y maneras se ocultara un secreto, uno de verdad terrible. La primera vez que lo vi caminaba con las manos en los bolsillos mirando el suelo; la segunda lo hacía moviendo los labios apenas un poco, casi sin abrirlos, murmurando quien sabe qué cosa. Un gesto que pasaba desapercibido para cualquiera que no estuviese mirando en su dirección, pero obvio para el que se decanta mirando a los demás, para  el voyeur.
   El día que lo conocí los rayos del sol apenas si se filtraban por el campanario de la Iglesia de Santo Domingo. Yo regresaba a casa como todas las mañanas, después de una larga noche en el bar en el que trabajaba en ese entonces, con el periódico en una mano y con un café en la otra. Él hombre estaba parado frente a los puestos de comida que están saliendo del mercado. Las vendedoras lo miraban con un poco de recelo. De pronto, comenzó a hurgar en sus bolsillos, pero excepto tierra y una hoja arrugada no había nada en ellos. Tiró la tierra y guardó la hoja. Luego me miró y caminó hacia mí. “Préstame veinte pesos, viejo…”, dijo, intentó darme una explicación que no puedo recordar porque lo interrumpí. Saqué un billete de mi cartera y se lo di. “Te los pago mañana, viejo”. Claro que no esperaba que me pagara. Yo mismo me vi en situaciones similares durante mi breve y crudo romance con la música y me veía atrapado al otro lado de la ciudad, pidiendo aventón o un boleto para el metro para poder regresar a casa. No recuerdo que le respondí, pero sí que sonreí.
   Seguí encontrándolo, siempre a la misma hora, delante del mismo puesto, haciendo lo mismo que el día que lo conocí. Nos saludábamos cortésmente con un “Buenos días” y seguíamos nuestro camino. Un día, aquel hombre me llamó y dijo: “¿Quieres un café?”. ¡Por qué no!, creo que respondí, no lo recuerdo bien, pero así comenzamos a platicar. Su conversación era ágil y fluida, no hacía pausas. Era como si lo supiera todo. El tono firme de su voz contrastaba con sus hombros lánguidos y su mirada perdida en el asfalto. Con el paso de los días nuestras conversaciones se hicieron regulares. Las charlas iban y venían entre el partido de la noche anterior y mujeres, muchas de las cuales no tenían rostro ni nombre. Navegaban difuminadas en su memoria, apenas escapaban en forma de gestos y sonrisas, miradas y frases: “Whatever you want”, decía una.
  Un día el hombre dejo de aparecer por el parque. Me extrañó, pero no le tomé importancia. En el fondo eramos dos desconocidos que charlaban en un ascensor en el que al final cada uno abandonaba en un distinto piso. Reconozco que muchas veces levanté la mirada buscándolo en el horizonte. Nunca apareció.
   Habrá pasado cerca de un año cuando lo encontré parado delante de un teléfono público. Estaba más delgado. Vestía unos pantalones negros, desgarrados, cubiertos de manchas de lodo; una sudadera gris al menos dos tallas más grandes con los puños deshilachados y unos tenis rotos. No me atreví a hablarle. “¿Quién quiere ser visto en sus momentos más grises?”, me repetía, buscando razones para el no haberlo saludado. Lo cierto es que no supe que decir.
  Hace dos semanas lo encontré nuevamente en una calle de la Ciudad de México, cerca del lugar en el que trabajo. Contrario a la precariedad de su cuerpo y sus ropas, su cabello lucía pulcro y recortado; también está bien afeitado, como si esto fuera el último asidero a una sociedad que lo ignora, que le niega el saludo, que no sabe que decirle.
– Soren, ¿dónde has estado? – le pregunto
– Aquí y allá -responde.
“Aquí y allá”, en ninguno y en todos lados.
   Aquel día supe que aquel hombre no escapaba de su vida o de sus problemas. No miraba al suelo porque le avergonzara su suerte, lo hacía por que iba contando las piedras que aparecían en su camino, contando sus pasos. Encontraba especial fascinación por los letreros y carteles que encontraba en su camino; los leía todos. No fue una tragedia familiar, un fracaso laboral o una pena de amor lo que un día lo llevó a atarse las agujetas y emprender camino hacia ninguna parte, lo suyo era más simple y terrible como un porqué.