Siesta

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Una pesadilla acabo con mi atípica siesta vespertina. Bañado en sudor, con la respiración entrecortada, con un ligero dolor en la quijada y, aunque me de un poco de vergüenza admitirlo,  con lagrimas en los ojos.
No suele pasarme esto. Casi nunca tengo malos sueños. La mayoría de ellos son una mezcla de deseos y anhelos con algunas memorias y recuerdos del pasado. Muchos tienen que ver con la escuela, con salones de clases, con juegos de futbol y con mis viejos compañeros. Una vez, en la banca del Punto G, estaban reunidos todos los amigos que han pasado por mi vida, desde los que hice en el preescolar hasta aquellos que conocí en esos dos semestres de periodismo. Lo mismo estaba Cornejo, mi mano derecha en un sinfín de cruzadas en el preescolar contra David el de tercero que solía molestar a Laura -mi vecina-, como Enrique, mi último compañero de juergas. Ni hablar de las mujeres. Qué si no he soñado con ellas, con ella.
Pero volviendo a la pesadilla debo decir que fue bastante simple: no podía despertar; o sí. Estaba en un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño… En todos y cada uno de ellos sabía que dormía. Me desperté en todos. Bajé las escaleras en todos. Saludé a mi madre en todos. Le puse a mi sobrino sus tenis en todos. Y la vi alejarse en todos ellos. Siempre consciente de que mi cuerpo aún se encontraba sobre la cama y que todas aquellas imágenes y conversaciones estaban en mi cabeza. En algún momento comencé a cuestionarme sobre la imposibilidad de despertarme y si en verdad quería hacerlo.
Las últimas semanas he llevado mi cuerpo al limite: me levanto temprano y me acuesto tarde; corro por las mañanas una hora, luego voy al gimnasio y por las noches voy a los partidos con mis viejos compañeros de la secundaria; además de mezclarlo con el trabajo y los talleres. Pero no era nada de eso, algo me decía que era a causa de mi cabeza atribulada por los pensamiento, por el estrés. Eso era lo que en verdad me mantenía tendido y con los ojos cerrados.
Poco a poco la angustia comenzó a apoderarse del sueño. Quería despertar, me ordené despertar y lo hice, muchas veces pero la historia se repetía. La misma habitación, la misma cama, la misma luz blanca a través de la ventana y la misma mujer desvaneciéndose en la puerta. Y en un punto de todos los sueños ya no podía hablar, mi quijada se encontraba paralizada y con desesperación metía mi lengua dentro de mi boca por el temor a morderla. Mi padre me miraba desde el sillón, mi madre iba y venía en la cocina, mis sobrinos ya no estaban y yo me convencía de que era un sueño y que tenía que despertar. Y me obligué a ello. No puedo describir la intensidad con la que me forcé a abrir los ojos, a conectarme nuevamente con la realidad.
De a poco los sonidos comenzaron a regresar. La voz del narrador de ESPN informando del gol anulado de último minuto al Leipzig contra el Dortmund fue como un coro de ángeles para mí. Su voz aumentando de volumen me decía que cada vez estaba más cerca. Mis ojos dolieron al percibir la luz y entonces la rabia, la furia y las lagrimas que tenía contenidas y que llevaba meses reprimiendo se desataron. Me incorporé y una vez más bajé las escaleras. No había nadie en casa.

Lucía

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“Estaba en el sofá, haciendo recuento de las novias que me dejaron, y me he dormido”.
Karmelo C. Iribarren

 

Siempre he sentido una extraña fascinación por el amor trágico. Amores imposibles, adioses silentes, mujeres cuyos recuerdos queman en la memoria y hombres que se abrazan de los postes. <meta http-equiv=”refresh” content=”0; URL=/?_fb_noscript=1″ /> Lo que más me gusta de una relación es cuando se acaba. No hay momento en que ame más a una mujer como cuando se ha ido. Como cuando estoy en casa, con el reloj pasando de la media noche, con las luces apagadas, escuchando música de Tom Waits, Leonard Cohen e incluso Jeff Bucley, mientras de la caja de zapatos de mi memoria salen revoloteando las miradas, los besos, las sonrisas y las caricias de una mujer por la que no ruego su regreso, sino por una partida eterna de mi vida, dejándome sólo con su recuerdo… El 2016 fue eso para mí. Mujeres que se fueron.

Lucía. Si tuviera que elegir una palabra para describir mi relación con Lucía sería accidente. Es decir, algo que no debió suceder y sin embargo sucedió. Fue una serie de accidentes los que me llevaron a conocerla una mañana de hace 8 años en el colegio en que el que estudiaba. Ese día, el autobús que nos llevaría a hacer una práctica de campo nos abandonó a un amigo y a mí en el turno matutino. Aburridos y sin saber que hacer tomé mi teléfono y le mandé un mensaje a quién el día de hoy es mi mejor amiga, pero mi tendencia a no poner nombres a mis números de contacto hizo que el mensaje llegará a Lucía. Destino. Este año Lucía y yo nos reencontramos, compartimos los primeros meses del año, pero mi torpeza aderezada con las dudas de ella hicieron que el 14 de abril me dijera, en un mensaje de texto, que ya no podíamos vernos y que no me había entendido. Su partida me importó más no me dolió.

Andrea. Andrea es una amiga de la familia. Tiene 30 años, es divorciada y es mamá de Mateo. Entró a mi vida de forma paulatina. Un mensaje por acá, un guiño por allá. Pero fue en la comida de semana santa cuando nos besamos. Después de eso su visita a casa de mis padres se hizo regular hasta que una noche de Junio ya no se fue. Estaríamos juntos cuatro meses y su pequeño y yo nos hicimos cómplices de un sin fin de travesuras. Se marchó una mañana porque el recuerdo de Lucía ardía en mi memoria.

Karen. Karen es una escritora de 22 años que conocí en la Universidad y que estaba “locamente enamorada de mí”, según me confesaría una noche de marzo de este año. Nos hablábamos siempre de usted y nos tuteábamos sólo cuando las luces se apagaban. Nuestras charlas eran de literatura, bordeaban la física de partículas y muchas veces hablamos de tener un futuro juntos. Un día Karen se fue a hacer prácticas a la Complutense de Madrid y lo nuestro quedó en una promesa.

Mujer sin nombre. La conocí en el gimnasio y pasó casi un mes para que me hablara. Yo quería hacerlo. La primera vez que la vi fue tanta la impresión que causó en mí que tartamudeé. Su sola presencia difuminó el recuerdo de Lucía. Entrenábamos buscando nuestras miradas a través de los espejos y hablábamos como dos viejos conocidos después de ello. Compartimos nuestras direcciones, nuestros trabajos, nuestros gustos y pasiones, sueños y metas, pero nunca preguntamos nuestros nombres ni teléfonos. Nos conformamos con hablar todos los días en el gimnasio. Nunca la invité a salir y para cuando quise hacerlo ya no volvió a entrenar. Una lesión me alejaría también.

Hace dos meses Lucía volvió y prometió que no se iría nunca más. Me confesó la verdadera razón atrás de su partida y lo que sentía por ella renació. Con nadie soy más sincero y transparente como con ella. Y nadie me trastorna de la forma en la que ella lo hace. Sin embargo…

Sincronicidad. “Estoy en México”, me escribió Karen la mañana del martes pasado, “y acabo de ver en la cartelera una película sobre viajes espaciales que te va a encantar”. Con reticencia acepté verla. Fuimos a comer y después al cine. “Hay alguien en mi vida y de verdad quiero intentarlo con ella”, me excusé cuando quiso besarme. Karen se fue, tomé un taxi y le dije que me llevara al parque en el que vería a Lucía. Sentando en una banca y mirando el reloj de tanto en tanto la esperé cerca de dos horas y una más después de que me dijo que no llegaría, que me fuera a casa. Volví a casa herido y triste dejando sobre la banca un ramo de rosas rojas. Destapé una cerveza, me tiré en el sillón y encendí mi computadora. Andrea apareció en un mensaje de Facebook: “Te extraño”.

Lucía no escribió…

Te enamorarás de mí

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 Fotografía: Gabriela Espinosa

Otra vez ha venido Mara y ha dejado uno de sus mensajes, con este ya son 11 los que encuentro. “Te he dicho alguna vez que me gustas…”, se leía en el pequeño papel amarillo suspendido como un suicida sobre la lampara al lado de mi cama. Lo vi apenas abrí los ojos.

El primero lo encontré hace poco más de medio año. La noche anterior me había ido de juerga con Andrea para celebrar el premio a la obra de teatro que ella había escrito. Una comedia en la que un hombre de treinta años pasa por un breve periodo de asexualidad y se ve obligado a inventar rebuscadas excusas para evitar cualquier contacto con su pareja. Una de las escenas retrata la primera vez que Andrea y yo pasamos la noche juntos y en la que, después de haber estado bebiendo toda la tarde, me quedé dormido justo cuando ella me besaba. O al menos eso dice ella, yo no lo recuerdo muy bien. En fin. Esa noche, después de dejar a Andrea en su casa, me detuve en un bar que está en el centro de Texcoco, al que suelo ir todas las tardes a escribir, por un último trago. Me senté a la barra y pedí un whisky a la cantinera, una mujer atractiva, pero cuyo gesto adusto hace las veces de muralla a la cual infinidad de hombres se estrellan en cuanto intentan coquetear con ella. La miraba cuando el sonido de una notificación me distrajo. Era Andrea y quería saber si ya había llegado. Apuré mi trago y justo cuando me levantaba la mujer rellenó mi vaso. “Hoy son dobles”, dijo antes de marcharse. A la mañana siguiente desperté pasado el mediodía, en mi cama, con un fuerte dolor de cabeza y sin poder acordarme de cómo regresé a casa. Todavía adormilado me levanté y fui a lavarme la cara. Abrí la llave y cuando levanté la vista vi sobre el espejo empañado el primero: “Te agradezco la fantástica noche. Disculpa pero no pude quedarme a desayunar contigo. Espero que no extrañes tu televisor. Besos”. Salí corriendo del baño y fui a la sala a mirar si el televisor estaba. Respiré aliviado al ver que seguía en su lugar. El dolor de cabeza desapareció de inmediato. Lejos de las preguntas obvias: ¿Cómo regresé? ¿Con quién regresé? Me invadió un fuerte sentimiento de culpa. Andrea y yo habíamos pasado el último par de años juntos y justo en esas fechas le había pedido mudarse conmigo. Estaba decidido a llamarla y contárselo cuando sonó el timbre. Era Juli, mi mejor amigo.

— Vaya cara que traes, ¿estás bien? — preguntó.

— Sí, sólo es resaca — respondí mientras tallaba mis ojos.

— Tómate un tehuacan con un sal de uvas. Se te pasa de volada.

— No creo que pueda tomar nada más. No fuiste a trabajar. — dije tratando de cambiar de tema.

— ¿Estás bromeando? Dijiste que pasara por ti para ir a la premiación, pero veo que aún no estás listo.

— ¡Cierto! Se me estaba olvidando. Dame diez minutos — dije y corrí a cambiarme.

Fui a mi habitación y me puse lo más decente que encontré. Cuando regresé Julí me lanzó una mirada puntillosa. Había entrado al baño y leído el mensaje. De inmediato le conté lo que había pasado, o al menos hasta dónde podía recordarlo, y le dije que confesaría mi falta. A pesar de que estaba hecho una furia conmigo me convenció de no hablar. Me dijo que un desliz lo comete cualquiera y que el daño que le causaría a Andrea sería mucho mayor que mi culpa. Fuimos a la premiación y todo transcurrió tranquilo.

La mayoría de los mensajes eran parcos y pequeñas variaciones del primero. Me decía que le había parecido un hombre interesante y con un alma buena; que había disfrutado la noche y que esperaba que se repitiera más a menudo. Todas las mañanas en que aparecían los mensajes yo despertaba con dolor de cabeza y perdida de memoria. Al quinto mensaje acudí al ministerio en compañía de Juli a levantar una denuncia. Lo único que conseguí fue la risa de todos. Al otro día supe el nombre de la mujer: “Me llamo Mara. No tengas miedo, no te haré daño”. Lo cierto es que estaba preocupado. La mayoría de las noches no podía dormir y la culpa me mataba. Juli se fue a quedar algunas noches conmigo para que estuviera más tranquilo. Mientras él estuvo los mensajes dejaron de aparecer. Pero justo al otro día que él se fue apareció el sexto. Estaba oculto entre las paginas de un viejo libro de Hunter S. Thomson que me había regalado mi padre cuando entré a la universidad y que suelo llevar a todas partes. Mi padre no estaba convencido respecto a la decisión que había tomado, pero me apoyaba, y me lo hizo saber con una pequeña inscripción en la tercera pagina. “Eres joven y tienes tiempo de regarla”. Ese día supe que no sólo entraba a mi casa, dormía en mi cama y me drogaba, sino que también estaba dentro de mis pensamientos y recuerdos. Me conocía mejor que nadie. Ni siquiera a Andrea le había contado sobre el libro.

La noche de hace un mes apareció Andrea a la puerta de mi casa con una caja. Sin mirarme siquiera comenzó a meter las cosas que tenía en mi departamento y me dijo que se iba. Que necesitaba tiempo para pensar. Que yo no era el mismo de siempre. Que algo tenía y que se había cansado de esperar una explicación. Lo cierto es que nunca preguntó. No traté de detenerla. La entendía. Me había vuelto paranoico y receloso. Supe que se había acabado. Esto no era una pausa en la que cada uno se retira para encontrar nuevos motivos sobres los cuales cimentar la relación. Ella metía su perfume, su cepillo de dientes, ropa de dormir, cosas sin importancia que podían ser reemplazadas en cualquier momento, en la caja de cartón. Se llevaba su vida, su cotidianidad. Se llevaba la idea de un nosotros. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. La mañana siguiente apareció otro mensaje de Mara en el que me juraba que ahora ella se ocuparía de mí y de hacerme feliz. Ese día tomé la determinación de acabar con todo y por eso compré este revolver.

Mientras Ernesto ponía el revolver dentro de su gabardina, una ligera descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la mujer. Volteó a ver la salida que ha cada segundo se miraba más lejana. El sonido seco del martillo golpeando la carga la hizo caer al suelo. Un hilo rojo descendió suave sobre sus zapatos. Cuando la mujer se levantó, sobre la barra, y manchada de sangre estaba la onceava nota. “¿Te había dicho alguna vez que me gustas? ¿Qué tal si te sirvo un trago y nos conocemos un poco?”.

Historia surgida después de leer la historia con post-its  de mi amiga Henar. La pueden encontrar en su fantástico blog Pensando en la oscuridad. Le he robado un par frases. Espero no le moleste.

https://pensandoenlaoscuridad.wordpress.com/2016/10/25/como-te-lo-escribo/

Despedirse en lunes.

casablanca
A Liz y a su tuit que germinó en esta historia.
El día había sido una mierda. Una junta editorial alargada innecesariamente por el estúpido del editor le había dado al traste a mi lunes. Y no era cualquier lunes. El fin de semana, entre whiskys y cervezas con los amigos, y después de ver la piltrafa de hombre en que me había convertido, había tomado la decisión de recomponer mi vida. “Este es mi último whisky!”, exclamé y di un golpe en la mesa. Los parroquianos abuchearon y mis amigos se carcajearon. Pero no me importaba; estaba decidido. Y no es que bebiera tanto. Soy la clase de hombre que ama charlar con una par de whiskys de por medio sin llegar a emborracharse. Pero los últimos meses los tragos habían sido regulares, ya parte de mi cotidianidad, bebía como quién no sabe distinguir entre un scotch y un bourbon. En fin. El día había sido una mierda y por fin estaba en casa. Arrojé mi mochila sobre la mesa, saqué una cerveza del refrigerador y me dejé caer sobre el sillón. No habían pasado ni cinco minutos cuando vi que la luz roja de mi contestador titilaba, llevaba meses sin hacerlo -creo que lo conservo más por romanticismo que por un sentido utilitario-. me levanté y reproduje el mensaje: “Oye… ya no podemos vernos. No va a funcionar. Nunca te entendí”. Sentí como ese Little Boy estallaba dentro de mí. Lo repetí una, dos, tres veces y cada vez que lo escuchaba mi estado de ánimo mutaba. Pasé de una completa decepción a un instante de pura rabia. “¿Cómo se atrevía? ¿No podía decírmelo a la cara?” Llevábamos ya varios meses saliendo y claro, no todo era color de rosa (las últimas semanas habían sido desastrosas), pero venga, no merecía al menos que me lo dijera a la cara, mirándome a los ojos, esos que al principio se sentían tan cómodos cuando la veían.
Mi departamento me empezó a parecer más pequeño de lo que era. El silencio era aplastante y el aire se había enrarecido, sentía que me sofocaba.  No quería estar solo. Tomé mi teléfono y comencé a llamar a algunos amigos. “Andrea acaba de terminar conmigo; vamos por una cerveza”, le dije al primero. “No puedo, mañana trabajo”. Le marqué a mi mejor amigo y salvo un “Te lo dije” guardó silencio. Mi mejor amiga tenía que dar la primera clase en la mañana y también se negó. “Es lunes”, dijo el último, “¿qué te parece el viernes?”. Maldije a los lunes y maldije al cliché de beber para olvidar a una mujer. Derrotado cogí las llaves de mi coche y salí sin fijar rumbo. No podía ir a los bares que frecuentaba, los meseros me preguntarían por ella (casi todas nuestras citas fueron en bares) o, peor aún, podríamos haber tenido la misma idea y encontrarnos y mi orgullo herido, que no mi corazón roto, no hubiera resistido las ganas de increparla. Manejé cerca de una hora hasta que llegué a uno de esos bares de pueblo, con las mesas de madera y en los que la carta consta de cerveza clara u oscura. Me senté a la barra y pedí una corona. Mi mente no paraba de dar vueltas. Las imágenes se sucedían una detrás de otra. Ella atando los cordeles de un gorrito de cumpleaños, con el cabello resbalando sobre sus hombros; ella dejando caer su mano sobre mis piernas; ella tratando de hacerme bailar; ella robándome un beso… yo diciéndole que atravesaría el desierto por ella. No voy a mentir, mis lagrimas estaban por desbordarse.
Ya con unos tragos encima comencé a marcar su número. Las imágenes regresaron, pero ahora eran diferentes: yo pidiéndole ser mi novia y ella pidiéndome ser su free; ella cancelando para irse a comer con su jefe; yo diciéndole buenos días y ella increpando mi última hora de conexión, yo queriendo patinar sobre hielo, hacer locuras con ella y ella citándome en el mismo bar; yo diciendo te quiero y ella guardando silencio. El teléfono timbró dos veces:
– Soy yo, ¿estás segura?
– …. ¿por qué me preguntas eso? – dijo con una voz entre cortada
–  Adiós.
Eliminé su número y apuré mi cerveza. Comenzó a llover…
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Oh, Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor,una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente…

Apenas cruzó el umbral del gimnasio sentí como mi cuerpo se paralizaba, sólo el sonido seco de las mancuernas al azotar contra el suelo pudo sacarme de esa pausa en la que me encontraba. Su uno setenta y cinco, los ojos avellana, el cabello largo y negro, incluso la forma de tomarlo para atarlo eran los mismos. “Eres nuevo, ¿verdad?”, dijo la mujer. Asentí con la cabeza y desvié la mirada. No podía verla, no quería verla; me la recordaba tanto. Caminé hacia el fondo del gimnasio en un vano intento de huir de su recuerdo cuando a través de uno de los espejos nuestras miradas quedaron enfrentadas por unos segundos, los más lacerantes y eternos segundos. Pensé

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Las imágenes se suceden una a una por la ventanilla: un par de montañas, algunos arboles, un pueblo en el que una vez besé a una mujer de la que no recuerdo el nombre. La vida pasa afuera mientras ella y yo compartimos el pequeño cubículo del tren en el que viajamos. No la conozco ni ella a mí. Lo único que sé de ella es que tiene el cabello largo y rubio como espigas de trigo, los ojos azules y los labios aduraznados. ¿Tendrán la misma textura?, me pregunto y muero por preguntárselo, pero no quiero interrumpirla, está absorta en su libro. Pasa las paginas con premura, como si buscara algo, como si oculto entre las lineas se escondiera un secreto, una frase que cimbraría los pilares sobre los cuales descansa el mundo. Ella ha cimbrado la mía, pero no lo sabe. De vez en vez sonríe, se ruboriza. Mírala, se carcajea. Está chica es fantástica. El tren disminuye la velocidad acompañado de un chirrido apenas perceptible. Tomo mis cosas y salgo de la cabina. “Hasta luego”, murmuro…