Nunca es triste el adiós… lo que no tiene es remedio.

A la mujer más bonita del mundo.

Parece que ya sólo sé escribir despedidas, mi amor. Tal parece que lo nuestro es una larga despedida que comenzó aquella mañana cuando el bus me dejó y envié un mensaje que por accidente llegó a ti. Parece que comenzamos a despedirnos desde el momento en que te vi bajar esas escaleras, con tus piernas largas y tu sonrisa eterna, mirándome con el más genuino de los azoros. Era la primera vez que nos veíamos y  aunque yo ignoraba quién eras sabía que esa misma mirada me perseguiría siempre. Nunca supe porqué. Aquel día te acompañé a tu clase, nos dimos la mano y aunque seguíamos en contacto no nos volveríamos a ver en mucho tiempo, casi dos años, si lo pienso bien.

Si cierro los ojos, amor, puedo recordar la fecha, el día y la hora de nuestra primera cita formal. Fue el 30 de abril del 2010. Sin cerrar los ojos te veo con tu pantalón gris y la forma en la que se sujetaba a tu cadera, enmarcando tu cintura. También recuerdo que tus tacones te hacían ver más alta que yo; y tu sonrisa, nunca voy a olvidar tu sonrisa. También recuerdo que pediste un frappe y unos salchipulpos que devoraste de inmediato y que no compartiste, pero no me importó. Te veía tomarlos con tus dedos, sumergirlos en la mostaza y llevarlos a tu boca con tanta delicadez que parecía que no quisieras lastimarlos. Aquella imagen la guardo como tantas otras en las que eres encantadora. Luego llegó la hora de irnos. Te acompañé a tu taxi y me diste un beso en la mejilla y te fuiste. Yo llegaría casa y por primera vez escribiría de ti. Nos alejaríamos dos años más.

Luego tuvimos un desencuentro que te hizo sacarme de tu vida sin razón aparente para mí. Aquello me importó mas no me dolió. No éramos tan cercanos. Quizá no lo recuerdes, pero quisiste arreglarlo, pero no se dio.

El 26 de noviembre de hace dos años nos encontramos de nuevo y desde entonces he querido compartir mi vida contigo. Despertar a tu lado y compartir el primer café de la mañana, dar largos paseos por las tardes y en la noche irnos a la cama juntos.

Hoy le dije adiós a todos esas ideas, a todos esos sueños. Hoy te dije adiós sin hacerlo, esperando que me alcanzaras en la central de autobuses y me dijeras que no lo hiciera, que me quedara contigo. No lo hiciste, hasta te gustó la idea. Lo entiendo y lo respeto, como lo hice hace un año cuando nos separamos. No sin lagrimas, no sin dolor, pero lo hice. Hoy lo hago con una sonrisa.

Sé que dijimos que seremos amigos y que estaremos el uno para el otro, que estaremos prestos a darnos cariño cuando lo necesitemos, a darnos un abrazo, a apoyarnos, pero también sé que día tras día el contacto se irá haciendo esporádico, un mensaje por acá, otro por allá, alguna felicitación en nuestros cumpleaños y, además, sé que llegará el día en el que encontraras a alguien que te haga sentir lo que yo no logré en diez años o quince días, y te enamoraras y lo amarás y serás feliz. Entonces, y sólo entonces, está despedida cobrará sentido y será definitiva.

Sinceramente tuyo, mi amor.

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Despedida

“En medio de la descabellada avalancha de palabras de Melisa, Gaspar por fin se atrevió a mirar dentro de su mente y se llevó las manos a los ojos para que no viera las lágrimas de terror y alivio. Ya no necesitaba esperar que terminara su trenza para espiarle el cuello. Estaba sana. No la habían tocado. Más tarde se ocuparía de las advertencias de la Manada”.

Nadie: una ilustre desconocida

Ella lo esperaba sentadita en la terraza mientras caía el último rayo de sol. Igual que siempre. La plantita de melón estaba junto a Melisa en la escalera. Se veía un poco mustia, marchita.

Gaspar la espiaba por la mirilla del costado de la puerta, pero no se atrevía a salir para saludarla. Era la primera vez, pero es que podía sentir la tristeza.

Sin embargo, Melisa no se veía triste; le brillaban los ojos con destellos de mica, brillaba su pelo dorado con la humedad de las barbas del maíz en el campo, brillaban las delicadas yemas de los dedos con su calor, cuando acariciaba las florcitas amarillas.

Pero Gaspar no quería salir hasta verla sonreír. Sonreír de verdad. Sonreír de cara a él esperando sus chistes, con gran despliegue de hoyuelos.

Salió a la terraza ya con la luna en el cielo, redonda, redonda como un pomelo, cuando…

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Mara

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Amigos, hoy mientras desayunaba leí la noticia sobre el asesinato de Mara a manos del chofer del taxi (Cabify) que se suponía debería llevarla a casa, según reveló la Fiscalía de Puebla. La noticia me impactó, pero lamentablemente no me sorprendió. Este tipo de noticias ya son parte de nuestro día a día, de la cotidianidad que impera en nuestro país. De inmediato pensé en mi madre, en mis sobrinas, en la hija que no es mi hija y en mi pareja. Y pensé decirles que no salgan más. Cuando terminé de desayunar traté de continuar con mi rutina diaria. Saqué a pasear a Kona, hice mis deberes en el hogar, adelante mis tareas escolares y pasado el medio día me senté delante del Xbox. Pero debo confesar que todo lo hice a medias pues durante muchos momentos del día la imagen de su cuerpo tirado en un lote baldío (no vi la imagen, pero no podía dejar de imaginarla) reverberaba en mi cabeza acompañada de un escalofrío. Y entonces comencé a divagar y buscar las sinrazones (pues no hay una razón valida para asesinar a una mujer) de lo que lleva a un hombre a ejercer tal grado inhumanidad.
Maldije a Peña, a Mancera, al Papa y a Dios y a aquel accidente geográfico llamado México, y en algún momento de frustración (bastante idiota) culpé a Mara: “Eso no habría pasado si estuvieras en casa con tu familia”, me dije, “Tu madre te habría arropado y te habría dado un beso de buenas noches, Mara”. Pero más tarde me di cuenta que yo soy culpable y todos nosotros, amigos (y algunas amigas). Porque admitámoslo; cuando estamos entre nosotros somos bastante idiotas, nos convertimos en algo menos que simios y damos rienda suelta a todo tipo de comentarios e insinuaciones y los justificamos diciendo que es natura humana, que es parte de nuestros instintos, como si no pudiéramos dejar de pensar en coger. Sí, amigos, ya sé que ustedes no son el chofer, que ustedes no la golpearon, amordazaron o le dispararon, pero cuántas veces entre nosotros no nos decimos: “Mira, Andrea está bien buena”, en el mejor de los casos o “Ximena se bien sabrosa hoy” dentro de los peores. Y neta, perdón si los ofendo, pero debemos admitirlo. Somos parte de ese problema al normalizarlo con nuestro silencio y aprobarlo como parte la interacción entre nosotros.
Hace muchos años, en una de las dos preparatorias a las que asistí, tenía un compañero que se cebaba en comentarios misóginos y machistas. Solía hacer todo tipo de comentarios vulgares y referencias obscenas sobre algunas compañeras o cualquier mujer que pasara frente a nosotros. Al principio nos limitábamos a sonreír y algunos desaprobábamos con la cabeza, pero no decíamos nada. Y aquellas actitudes iban en aumento al grado de mencionar empedar a una amiga en común. Hasta que un día, mi mejor amigo, un tipo que casi siempre estaba en silencio lo confrontó, primero con el conciliador “No mames” y más tarde fue directo y le preguntó por qué era así, le preguntó por su madre y por su novia, a lo que este respondió con tono burlón que “así éramos los hombres” y buscó apoyo entre nosotros y al no encontrarlo se vio acorralado, sin palabras para justificar sus acciones. Nadie más dijo nada y nos fuimos a casa. Debo decir que él no cambió de inmediato, pero lo hizo. Cada vez que hacía uno de esos comentarios le mostrábamos que no estábamos de acuerdo, que así no eran las cosas hasta el punto que dejo de hacerlo, al menos delante de nosotros.
Con esto quiero decir que hay una solución más eficaz a esperar que se aprueben mejores leyes o que nuestro sistema de justicia deje de ser incompetente y corrupto. La solución es dejar de empatizar con quien ejerza ese tipo de violencia. Hacerles ver que no es “cool”, que no te da status ni eres más hombre. No es gracioso, ni divertido ni nos hace más hombres estar diciendo a quién te cogiste, cogerías o quién está bien sabrosa.
Amigos, los invitó a buscar dentro de nuestra vida diaria ese tipo de actitudes en nuestros circulos sociales y en nosotros mismos.

Siesta

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Una pesadilla acabo con mi atípica siesta vespertina. Bañado en sudor, con la respiración entrecortada, con un ligero dolor en la quijada y, aunque me de un poco de vergüenza admitirlo,  con lagrimas en los ojos.
No suele pasarme esto. Casi nunca tengo malos sueños. La mayoría de ellos son una mezcla de deseos y anhelos con algunas memorias y recuerdos del pasado. Muchos tienen que ver con la escuela, con salones de clases, con juegos de futbol y con mis viejos compañeros. Una vez, en la banca del Punto G, estaban reunidos todos los amigos que han pasado por mi vida, desde los que hice en el preescolar hasta aquellos que conocí en esos dos semestres de periodismo. Lo mismo estaba Cornejo, mi mano derecha en un sinfín de cruzadas en el preescolar contra David el de tercero que solía molestar a Laura -mi vecina-, como Enrique, mi último compañero de juergas. Ni hablar de las mujeres. Qué si no he soñado con ellas, con ella.
Pero volviendo a la pesadilla debo decir que fue bastante simple: no podía despertar; o sí. Estaba en un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño… En todos y cada uno de ellos sabía que dormía. Me desperté en todos. Bajé las escaleras en todos. Saludé a mi madre en todos. Le puse a mi sobrino sus tenis en todos. Y la vi alejarse en todos ellos. Siempre consciente de que mi cuerpo aún se encontraba sobre la cama y que todas aquellas imágenes y conversaciones estaban en mi cabeza. En algún momento comencé a cuestionarme sobre la imposibilidad de despertarme y si en verdad quería hacerlo.
Las últimas semanas he llevado mi cuerpo al limite: me levanto temprano y me acuesto tarde; corro por las mañanas una hora, luego voy al gimnasio y por las noches voy a los partidos con mis viejos compañeros de la secundaria; además de mezclarlo con el trabajo y los talleres. Pero no era nada de eso, algo me decía que era a causa de mi cabeza atribulada por los pensamiento, por el estrés. Eso era lo que en verdad me mantenía tendido y con los ojos cerrados.
Poco a poco la angustia comenzó a apoderarse del sueño. Quería despertar, me ordené despertar y lo hice, muchas veces pero la historia se repetía. La misma habitación, la misma cama, la misma luz blanca a través de la ventana y la misma mujer desvaneciéndose en la puerta. Y en un punto de todos los sueños ya no podía hablar, mi quijada se encontraba paralizada y con desesperación metía mi lengua dentro de mi boca por el temor a morderla. Mi padre me miraba desde el sillón, mi madre iba y venía en la cocina, mis sobrinos ya no estaban y yo me convencía de que era un sueño y que tenía que despertar. Y me obligué a ello. No puedo describir la intensidad con la que me forcé a abrir los ojos, a conectarme nuevamente con la realidad.
De a poco los sonidos comenzaron a regresar. La voz del narrador de ESPN informando del gol anulado de último minuto al Leipzig contra el Dortmund fue como un coro de ángeles para mí. Su voz aumentando de volumen me decía que cada vez estaba más cerca. Mis ojos dolieron al percibir la luz y entonces la rabia, la furia y las lagrimas que tenía contenidas y que llevaba meses reprimiendo se desataron. Me incorporé y una vez más bajé las escaleras. No había nadie en casa.

Te enamorarás de mí

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 Fotografía: Gabriela Espinosa

Otra vez ha venido Mara y ha dejado uno de sus mensajes, con este ya son 11 los que encuentro. “Te he dicho alguna vez que me gustas…”, se leía en el pequeño papel amarillo suspendido como un suicida sobre la lampara al lado de mi cama. Lo vi apenas abrí los ojos.

El primero lo encontré hace poco más de medio año. La noche anterior me había ido de juerga con Andrea para celebrar el premio a la obra de teatro que ella había escrito. Una comedia en la que un hombre de treinta años pasa por un breve periodo de asexualidad y se ve obligado a inventar rebuscadas excusas para evitar cualquier contacto con su pareja. Una de las escenas retrata la primera vez que Andrea y yo pasamos la noche juntos y en la que, después de haber estado bebiendo toda la tarde, me quedé dormido justo cuando ella me besaba. O al menos eso dice ella, yo no lo recuerdo muy bien. En fin. Esa noche, después de dejar a Andrea en su casa, me detuve en un bar que está en el centro de Texcoco, al que suelo ir todas las tardes a escribir, por un último trago. Me senté a la barra y pedí un whisky a la cantinera, una mujer atractiva, pero cuyo gesto adusto hace las veces de muralla a la cual infinidad de hombres se estrellan en cuanto intentan coquetear con ella. La miraba cuando el sonido de una notificación me distrajo. Era Andrea y quería saber si ya había llegado. Apuré mi trago y justo cuando me levantaba la mujer rellenó mi vaso. “Hoy son dobles”, dijo antes de marcharse. A la mañana siguiente desperté pasado el mediodía, en mi cama, con un fuerte dolor de cabeza y sin poder acordarme de cómo regresé a casa. Todavía adormilado me levanté y fui a lavarme la cara. Abrí la llave y cuando levanté la vista vi sobre el espejo empañado el primero: “Te agradezco la fantástica noche. Disculpa pero no pude quedarme a desayunar contigo. Espero que no extrañes tu televisor. Besos”. Salí corriendo del baño y fui a la sala a mirar si el televisor estaba. Respiré aliviado al ver que seguía en su lugar. El dolor de cabeza desapareció de inmediato. Lejos de las preguntas obvias: ¿Cómo regresé? ¿Con quién regresé? Me invadió un fuerte sentimiento de culpa. Andrea y yo habíamos pasado el último par de años juntos y justo en esas fechas le había pedido mudarse conmigo. Estaba decidido a llamarla y contárselo cuando sonó el timbre. Era Juli, mi mejor amigo.

— Vaya cara que traes, ¿estás bien? — preguntó.

— Sí, sólo es resaca — respondí mientras tallaba mis ojos.

— Tómate un tehuacan con un sal de uvas. Se te pasa de volada.

— No creo que pueda tomar nada más. No fuiste a trabajar. — dije tratando de cambiar de tema.

— ¿Estás bromeando? Dijiste que pasara por ti para ir a la premiación, pero veo que aún no estás listo.

— ¡Cierto! Se me estaba olvidando. Dame diez minutos — dije y corrí a cambiarme.

Fui a mi habitación y me puse lo más decente que encontré. Cuando regresé Julí me lanzó una mirada puntillosa. Había entrado al baño y leído el mensaje. De inmediato le conté lo que había pasado, o al menos hasta dónde podía recordarlo, y le dije que confesaría mi falta. A pesar de que estaba hecho una furia conmigo me convenció de no hablar. Me dijo que un desliz lo comete cualquiera y que el daño que le causaría a Andrea sería mucho mayor que mi culpa. Fuimos a la premiación y todo transcurrió tranquilo.

La mayoría de los mensajes eran parcos y pequeñas variaciones del primero. Me decía que le había parecido un hombre interesante y con un alma buena; que había disfrutado la noche y que esperaba que se repitiera más a menudo. Todas las mañanas en que aparecían los mensajes yo despertaba con dolor de cabeza y perdida de memoria. Al quinto mensaje acudí al ministerio en compañía de Juli a levantar una denuncia. Lo único que conseguí fue la risa de todos. Al otro día supe el nombre de la mujer: “Me llamo Mara. No tengas miedo, no te haré daño”. Lo cierto es que estaba preocupado. La mayoría de las noches no podía dormir y la culpa me mataba. Juli se fue a quedar algunas noches conmigo para que estuviera más tranquilo. Mientras él estuvo los mensajes dejaron de aparecer. Pero justo al otro día que él se fue apareció el sexto. Estaba oculto entre las paginas de un viejo libro de Hunter S. Thomson que me había regalado mi padre cuando entré a la universidad y que suelo llevar a todas partes. Mi padre no estaba convencido respecto a la decisión que había tomado, pero me apoyaba, y me lo hizo saber con una pequeña inscripción en la tercera pagina. “Eres joven y tienes tiempo de regarla”. Ese día supe que no sólo entraba a mi casa, dormía en mi cama y me drogaba, sino que también estaba dentro de mis pensamientos y recuerdos. Me conocía mejor que nadie. Ni siquiera a Andrea le había contado sobre el libro.

La noche de hace un mes apareció Andrea a la puerta de mi casa con una caja. Sin mirarme siquiera comenzó a meter las cosas que tenía en mi departamento y me dijo que se iba. Que necesitaba tiempo para pensar. Que yo no era el mismo de siempre. Que algo tenía y que se había cansado de esperar una explicación. Lo cierto es que nunca preguntó. No traté de detenerla. La entendía. Me había vuelto paranoico y receloso. Supe que se había acabado. Esto no era una pausa en la que cada uno se retira para encontrar nuevos motivos sobres los cuales cimentar la relación. Ella metía su perfume, su cepillo de dientes, ropa de dormir, cosas sin importancia que podían ser reemplazadas en cualquier momento, en la caja de cartón. Se llevaba su vida, su cotidianidad. Se llevaba la idea de un nosotros. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. La mañana siguiente apareció otro mensaje de Mara en el que me juraba que ahora ella se ocuparía de mí y de hacerme feliz. Ese día tomé la determinación de acabar con todo y por eso compré este revolver.

Mientras Ernesto ponía el revolver dentro de su gabardina, una ligera descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la mujer. Volteó a ver la salida que ha cada segundo se miraba más lejana. El sonido seco del martillo golpeando la carga la hizo caer al suelo. Un hilo rojo descendió suave sobre sus zapatos. Cuando la mujer se levantó, sobre la barra, y manchada de sangre estaba la onceava nota. “¿Te había dicho alguna vez que me gustas? ¿Qué tal si te sirvo un trago y nos conocemos un poco?”.

Historia surgida después de leer la historia con post-its  de mi amiga Henar. La pueden encontrar en su fantástico blog Pensando en la oscuridad. Le he robado un par frases. Espero no le moleste.

https://pensandoenlaoscuridad.wordpress.com/2016/10/25/como-te-lo-escribo/